Argon, el noble

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Bio:

Merck se crió en un palacio, como corresponde al primogénito de un noble. Su padre, el conde de Gilead, procuró conseguir para él la mejor educación que el oro pudiera comprar. Antes de los ocho años ya era un maestro de la aritmética, la retórica y la geografía de la Marca del Este. A los doce, su conocimiento de las intrigas de la región le convirtió en el mejor diplomático al servicio de su padre. Pero en lo que realmente destacaba el joven Merck era en esgrima. Por desgracia, en tiempos de paz esta no era una habilidad especialmente útil, y su padre no aprobaba que dedicara tantas horas a entrenar.

En su decimosexto cumpleaños, Merck tuvo la ocasión de viajar a la cercana ciudad de Amgen, y allí tuvo ocasión de disfrutar del espectáculo de ver luchar a los gladiadores en el Coliseo. El entrechocar de las espadas hipnotizó al joven, eliminando de su mente cualquier otro pensamiento.

Meses más tarde, Merck tuvo ocasión de volver a Amgen cuando se le encomendó que mediara en una disputa entre la ciudad y una de sus vecinas. Dos días tardó en reunir el valor suficiente para volver al Coliseo y pedir que le dejaran poner a prueba su destreza.

-Eres muy joven para esto, chaval-fue la respuesta que recibió.

Merck protestó enérgicamente. Explicó que era un magnífico espadachín, que no le daba miedo la muerte. Exigió que se cumpliera su voluntad, como sólo el retoño de un noble sabe hacer.

-Muy bien, rapaz, tú ganas. Pero cuando te trinchen como a un pollo no quiero oír ni una queja. ¿Cómo te llamas?
-Me llamo Argon-mintió. No le pareció prudente revelar su identidad.
-Está bien, Argon. Voy a pedirte que luches siempre con yelmo con máscara. Es poco ortodoxo, pero nadie te tomaría en serio con esa cara de niño.

Ese mismo día, Merck, conocido como Argon, pisó la arena por primera vez. Derrotó a tres hombres sin recibir un rasguño, lo que le valió el aplauso de todos los espectadores.

Los meses pasaban, y la fama de Argon crecía en cada combate. No importaba contra cuántos enemigos luchara, ni su fuerza. El gladiador siempre vencía. Su técnica refinada y el respeto(a veces casi temerario) con el que trataba a sus contrincantes le valieron el apodo por el que sería conocido en los años que siguieron: Argon, el Noble. La ironía de este sobrenombre siempre haciá sonreir a Merck. En años casi nadie había visto su cara, y ninguno de los que lo había hecho lo había reconocido. Era difícil mantener esta doble vida oculta de su padre, pero merecía la pena. Jamás se había sentido tan vivo.

En la ciudad de Teva, la noche después de un recital de acero contra carne, el ya experimentado luchador recibió una herida para la que no había entrenado: se enamoró. Noscira, la hija del herrero local, cautivó al joven Merck con su larga melena color azabache, ojos color cobalto y labios rojos como las brasas de la fragua de su padre. Aquella misma noche, en una posada cercana, los dos se fundieron en uno bajo la luz de la Luna menguante.

Quiso el azar que la fama de Argon llegara hasta oídos del conde. “Mi hijo menor cumple pronto 16 años. Es justo que le lleve conmigo a ver luchar a este gladiador, igual que hice con Merck cuando tenía su edad”, pensó. Padre e hijo se dirigieron a Kern, donde se celebraría el siguiente torneo.

Argon luchó esa mañana de forma impecable. Derrotó a más de cincuenta hombres sin que ninguno de ellos consiguiera hacerle sangrar. El público estaba enardecido. Nadie recordaba jamás a un luchador tan formidable. El conde no fue una excepción. Quedó tan admirado que quiso que el luchador entrara a su servicio. La oferta fue, obviamente, rechazada. El conde montó en cólera. Exigió que Argon se descubriera la cara. Merck no supo cómo negarse. No le quedó más remedio que cumplir la orden de su padre.

Al ver a su hijo allí de pie, en medio de la arena, rodeado de la sangre de varias decenas de hombres, el conde se vio sumido en una gran tristeza y una vergüenza igual de terrible. La primera acabaría con su vida pocas semanas más tarde. La segunda le llevó a castigar a su primogénito. Merck fue desheredado, desterrado, y azotado una vez por cada hombre que había clavado la rodilla en el suelo ante él en el Coliseo.

Acompañado por su fiel Noscira, apenas capaz de caminar tras el despiadado castigo, Merck abandonó la tierra que le vio nacer para no volver jamás, bajo pena de muerte. Cuando sus heridas sanaron, decidió que lucharía para conseguir que su amada tuviera un hogar digno. Gladiador, mercenario, cazarrecompensas… El oficio no importaría mientras estuviera bien pagado.

En Gilead se prohibió pronunciar su nombre. Merck lo consideró justo. A partir de ese día nadie más le llamaría así. Su nombre sería, ahora y para siempre, Argon, el Noble.

CÓMO HA LLEGADO HASTA AQUÍ:

En el ducado de Rovi se va a celebrar un gran torneo. Guerreros de todos los confines del mundo buscan hacerse con el trofeo. ¿Cuál es el premio? Nadie lo sabe. Los rumores hablan de enormes riquezas, tierras, incluso de los derechos de explotación de las minas de oro del ducado. Sin embargo, Argon recuerda de sus años en la corte que el duque de Rovi es anciano, y no tiene herederos. Tal vez…

Por el camino, Argon se topa con un campamento de orcos. Decide que es una buena oportunidad para ponerse a prueba. Quizá pueda luchar contra una patrulla o dos. Lástima que jamás nadie le hablara de qué son las trampas ni por qué es una buena idea no caer en ellas.

Argon, el noble

La caída de Radgar sergionavarrete